domingo, 5 de junio de 2016

Renglones, y de postre, cursilería.


Un día nos damos cuenta que hemos entregado días a personas indebidas. Días y horas, y ratos enteros. Escuchando lamentos repetidos, pidiendo poco por cortesía, siendo generosos hasta el infinito. Y más allá. Sí, obviamente, más allá. Por que solemos estar allá, acá, y un poco más allá para personas que creímos ancladas a nuestras vidas, y de repente (topetazo o encontronazo de realidad) caemos en la cuenta que hemos sido descartados. Y suplidos por otros. Siendo objetivos, pasada la sorpresa e indignación inicial, nos vemos como líneas en una hoja, como renglones que solo sirven para sostener lo que sea que se deba apoyar ahí (o sobre nos), y después de nosotros hay más renglones, y más y más. Cuando se llena la hoja, se empieza otra. En un momento cualquiera (ponéle desayuno solitario y sin ruido de pájaros) reparas en que en los días por venir habrá un vacío de presencia (entiéndase que no siempre carnal) pero que ya no serás renglón ni oreja ni palabra alentadora para saltos adelante. Siempre incentivando hacia adelante, para escapar de historias negras que chupan risas y no devuelven sonrisas. Eso hemos aconsejado, siempre. Pero en el desayuno, sin ruido, te das cuenta que has sido descartado, que ya no incentivarás ni te buscaran, que no serás psicólogo sin honorarios, ni colega de copas, ni compañero de andanzas, ni remador de tardes grises de mates aguados, no serás nada, ni hoja, ni renglón.
Y está bien.
Está bien entender, y defender desde ahora en más, que uno es más que jornadas. Que se está siempre, y no solo de apoyo. Que uno no es descartable ni se disuelve en la nada solo por que hemos dejado de ser necesarios, como los renglones que usan los niños para aprender a escribir. Por que los adultos sabemos que la hoja es importante aunque no tenga renglón, y que se puede escribir buenas historias sin apoyarse en nadie; que dibujar líneas para escribir historias y luego borrar los renglones es hacer trampa a la destreza de ir derecho, injuria a la prolijidad.
No sé si me entienden.
Y está bien que las fichas caigan en el desayuno, porque el día puede ser triste pero ciertamente más justo, sobre todo para nosotros. Para recordarnos que no está mal estar para los demás, pero que la primera lealtad es para con nosotros.
Seamos siempre más que renglones. (Cursi y de autoayuda. Es la felicidad)