lunes, 5 de mayo de 2014

De invasiones cuadradas y el olor a pan.

Cuadrada, no rectangular. Cuadrada como no lo eran la mayoría de las cosas en la vida; todo parecía ser rectangular, desde las tarjetas a las piletas, desde las heladeras hasta las tablas de planchar, desde los cajones de pintura hasta los pasillos de las casas. ¿Por qué no se podían hacer cosas cuadradas como aquella tienda?
La tienda pulcra, como siempre, oliendo a nada, como siempre. El empleado atento y frío, como siempre; y ella que no gustaba de aquel lugar y sin embargo siempre terminaba entrando para comprar sus oleos (como siempre).
 Llevaba en la mano los cuatro pomos. Nunca aceptaba bolsa, eran interferencia, los acariciaba distraída mientras caminaba, era para empezar a conocerlos, interactuar, esperar que se comportaran correctamente en la paleta, en el pincel, en el lienzo.
Los mimaba antes de usarlos. (Como siempre). Él también la había mimado antes de amarla. (Siempre…)  No la había usado. (¿Casi?)
Las calles un asco, las veredas como un tapiz de rayas desparejas, dibujo de arquitecto sin ganas de serlo (obligado), agujeros donde se veía la tierra, baldosas ausentes. Un campo de minas ya explotadas. Insulto a la guerra, lo sabía. De todos modos lo pensaba, lo sentía. 
Eran las ocho de la mañana. Fría. Veredas destruidas, autos veloces, transeúntes perezosos. La pereza propia de quien se levanta porque debe, sin tener en la espalda el envión del que se levanta porque quiere; flojera tempranera de cuerpos portadores de una mente que guardaba intacta el recuerdo de la tibieza de las sabanas perfumada por olores propios.
 Amanecía. Él no.
Se detuvo en la esquina, miro hacia la derecha, vacía. Esperaría. Acaricio los pomos: el rojo, el amarillo, el negro, el blanco. El amarillo estaba abollado. Pobre amarillo.
Quince minutos de espera, los pies helados. Olor a pan; la quietud  siempre alertaba los sentidos. No había desayunado. Olor a pan y a remembranzas. Olor a pan, no había desayunado, había estado apurada por salir, pero no sabía bien por que, ahora que estaba en la calle no encontraba el motivo que le había generado apuro por dispararse de su departamento.
-¿demore mucho?
Isabel mira a Javier, no sabe cuando apareció. Él le pone una mano en el hombro, su hueso siente el peso, la piel blanca masculina contrasta contra el abrigo rojo femenino. Lo observa, de la boca le sale vapor, huele a perfume, el pelo mojado, un poco largo por atrás. Isabel siempre puede resumir bien las características físicas de los otros. No la suya.
Ella es demasiado flaca para describirse con una sola palabra, es demasiado común el marrón del pelo, de los ojos, es demasiado común ese color de piel que no puede definir cual es; es de vergüenza esa falta de senos, esas piernas sin forma, esos brazos flacos como espigas sin trigo.
-¿no te da frío bañarte antes de salir?
Él asiente sin dejar de mirar las baldosas, aún así pisa mal. Se tambalea, le aprieta más fuerte el hombro izquierdo.
-che, fíjate donde pisas, me vas a tirar.
-anoche me acosté con Marina, hoy a la mañana me puteo cuando me bañaba. No creo que venga hoy a la casa.
Que fácil se encamaban a esta edad (siempre)
Suspiro largo, vapor inmenso, el frío lo enfría, se disipa el vapor, lo olvidan ellos, lo dejan a sus espaldas mientras caminan. Todo lo pasado queda en las espaldas, y es extraño que a pesar de tanto pasado la espalda siga con el mismo tamaño. Debiera hacerse más grande con el paso de los años; y sin embargo, cuanto más viejos, mas pequeña se vuelve. Contradicción. Siempre todo era una contradicción; sino ¿Por qué morir cuando uno alcanza los conocimientos de la vejez? Más cerca de la sabiduría, más cerca de la muerte. Más cerca de estar muertos…
 Tuercen a la izquierda, cruzan la calle; llevan prisa, no saben por qué. No le preguntan al otro el por que del paso apurado. Se apuran los dos y listo.
 El barrio se vuelve mas conocido, tres cuadras faltan para la casa, llegaran ellos y será casa de artistas.
-¿hacemos un cuadro juntos?
Isabel se levanta la boina azul tejida al escuchar la pregunta, obra de Marina, mira a Javier. Le mira las cejas oscuras, bien gruesas. Piensa que es bonito si se tiene una visión distorsionada de la belleza. Piensa en Marina y su cabello rojo, tan bonita ella desde la visión bien clara de la belleza.
-es una buena idea- acepta ella- ¿Mitad y mitad del lienzo?
-pensaba mas bien en invadirnos.

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