miércoles, 10 de abril de 2013

Sillas sin culos.

Te espere toda la noche, como la viuda en su primera caída de sol. Te espere con paciencia y ansiedad, con un escondido presentimiento de que no ibas a llegar. Así, y un poquito asa, te espere, dentro de paredes rajadas, con pisos huecos, con sonidos ausentes, con charlas mudas, con colores sin matices, con olores variados. Y, como quien no quiere la cosa, a la hora de saberme plantada, no desesperada, herida, pero no llorosa, me vi reflejada en cada silla sin trasero, en cada mesa sin vaso, en cada cuadro no mirado. Sin ocupación ni mirada.
No, mentira. Que no fui a esperarte, fui para dejar de pensarte. No fui sola, fui bien acompañada. De todos modos, como voy en tren de sinceridad, vi la mesa y me vi a mi, vos sabes que ando viendo para observar, y observo para aprender, y aprendo para no hacerme la desentendida. Aunque también sabes que yo se que de saber a hacer hay un buen trecho.
Los trechos para mi tienen la distancia de todo el Atlántico desde el Ártico hasta la Antártida, tienen la frialdad de la luna, el calor de Sahara, la humedad del trópico, la sequedad de mi piel por la mañana. Los trechos entre el saber y no hacer tienen el gusto del chocolate que no se puede dejar de comer, el ambiente de la resaca posterior a la borrachera, el aspecto de mis ultimas pesadillas, con el aire de los miedos que me hicieron sentir frio en las mejillas con calor en la espalda.
Y todo nació por esa mesa, y su terrible soledad, o por el cuadro sin ojos que lo apreciaran, o porque los traseros no iban a las sillas, o porque los camareros no repartían cervezas. Quien sabe, si es que alguien quiere saber, que cosas despiertan a uno, si es que aun se tiene el don de despertar.

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