domingo, 2 de septiembre de 2012

Las i que caen del techo

Esta noche hay cierta incredulidad tirada al lado de la cama, a mi lado, ocupando el lugar palpable donde rato antes estaba la manta. Cierta incertidumbre al lado de la almohada, se va a meter poco a poco en mi mente, antes de que los parpados se bajen, antes de tocar el sueño, más razón habrá para despertar a mitad de la noche. Esta noche hay insastisfacción.
Hay excesos de I. Las i quitan lo que debiera ser y ponen lo opuesto en el concepto de la palabra usurpada.
Yo quisiera saber si sabes como es.
Yo, yo que de a ratos quisiera no serlo, que me pongo distintos zapatos para ver si en alguno de ellos deje mi buena suerte, que busco en los bolsillos de viejos sacos caramelos cuando la amargura se me mezcla entre los dientes. De apretar dientes y contener lagrimas. Aprendi a dejar carilinas olvidadas en cada bolso, y una sonrisa flaca en el cafe de cada mañana....
Yo, autotidacta, aprendí solita que las tristezas son como hormiguitas transparentes que hacen montañitas de lagrimas grises, yo que de a ratos quisiera ser otra mujer aprendi que yo nunca llegaré a ser otra, que es lo que hay, que de tripas corazon, porque siempre hay caramelos, y carilinas, y varios pares de zapatos para seguir probando; y que debo voltear el colchon con regularidad, para dejar las i mirando hacia el suelo, aunque desde el techo caigan más i, con mayusculas, y que en el descenso cobran velocidad, gravedad...
Cualquier escenario es peligroso cuando las i no estan en el decorado sino que salen disparadas desde tu propia sombra.
Sombras grises, intermedias. El matiz.


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