jueves, 5 de enero de 2012

Aspiraciones flacas, temores gordos.

“Pocas veces se ven los errores cuando se están cometiendo”

Siempre pensando lo que creíamos debíamos pensar para no cometer equivocaciones, siempre eligiendo con cuidado las palabras, diciendo los comentarios apropiados para no tener problemas, siempre tan aplicados en la vida fuera de las paredes de la casa para que nada nos quebrara nuestra rutina, tranquila y apacible de vivir la vida sin sobresaltos, porque no tuvimos nunca grandes aspiraciones mas que formar la familia y sostenerla a través del tiempo, y esperar a que viniera la muerte mientras pasábamos los días trabajando para conseguir lo esencial. Que matrimonio simple y elemental.

¿A que más íbamos a aspirar cuando nos habíamos acordado tarde de vivir?

Podría ser que aquella vida hubiera espantado a Martín, que hubiera querido para él lo mas radicalmente opuesto a la vida que había visto en de sus padres. Podía ser. Pero a pesar de lo que había creído en un principio ella asimilo resignada la partida de él.

Hacia algún tiempo que veníamos algo inquietos de espíritu, no tanto José sino yo, que tenia el escabroso presentimiento de que en el país las cosas no estaban tan bien mas allá de la obvia falta de democracia que no todos reclamábamos y obviamente nosotros nos incluíamos como los silenciosos aceptadores de decisiones ajenas; todos los días pensaba en su único hijo, en como estaría, en que tan cómodo se sentiría realmente estando lejos y solo, después de tantos años no dejaba de resultarle extraño que Martín no hubiera salido igual a ellos, que hubiera querido para si forjar un destino diferente de lo que había mamado desde que naciera.

El dos de abril del ochenta y dos José compro el diario como todos los días, como lo venía haciendo desde que los golpes militares se dieran cita en nuestra Argentina, y antes de que el diariero pudiera decirle una palabra de la gran noticia, la leyó en el enorme titular “Inminente desembarco argentino”. El día anterior el titular se refería a una situación tensa pero sin novedades en lo que concernía las Islas Malvinas, donde de pronto sin que nadie lo esperara había surgido un problema que por cierto no necesitábamos; se había quedado con eso esperando que el diario hoy no dijera nada de especial, él lo había esperado, de hecho casi se había olvidado. Ahora volvía a la casa con el paso tembleque, algo desorientado, Mabel ni bien lo vio le dijo que estaba pálido, como si trajera una mala noticia. Leyeron el diario a conciencia, y vieron la reseña de la obra teatral “La Nona” que se iba a presentar en la sala del teatro municipal. Era viernes, ellos pensaban ir al día siguiente, pero cancelaron la salida y se ahorraron así los cincuenta mil pesos de los boletos, así fue como se dio el inicio de suspender la vida propia para pensar en la de Martín, en el miedo de que algo le pudiera ocurrir. El primer miedo real que sentían por él desde que se fuera de la casa.

Quedaron con un nudo en el estomago, intentando en vano comunicarse con su hijo. El horóscopo, que nunca miraban pero que hoy no había sido ignorado como siempre, anunciaba: “periodo adverso para la vida laboral y profesional. No debe producir cambio por el momento. Viva con intensidad el amor”.

Martín los llamo ya casi al caer la noche, iba a ser desplegado aunque no sabía bien cuando. Laura que estaba con él se volvía para el pueblo, a regañadientes, pero volvía.

Al día siguiente el titular exclamaba: “Argentina ha recuperado las Malvinas”. Solo faltaba que saliera un grito del burdo papel. La noticia llegaba tarde, ellos ya habían visto por la televisión a Leopoldo Galtieri, jefe del estado, hablar desde el balcón de la Casa Rosada a una multitud de argentinos eufóricos que festejaban la decisión. Los edificios públicos de San Cayetano, no tantos, se vistieron con banderas Argentinas. José tuvo todo el día la piel erizada por la emoción, era algo irreal, un estado de animo que no podía definir, estaba convencido que si su hijo hubiera estado con ellos, él habría sido uno de los que mas hubiera festejado la invasión.

En ese abril las principales noticias eran del conflicto bélico, del trajinar de los diplomáticos, del apoyo de los políticos argentinos a la toma de las islas, de los tibios apoyos extranjeros que lograba el país, de Estados Unidos que decían serian neutrales, de los contra que tendría que superar Gran Bretaña por la lejanía de las islas para trasladar la flota inglesa y de nosotros no decíamos nada, como si estuviéramos a tiro de piedra. Trataba de imaginar a Martín, sospechando levemente como se las arreglaría para llegar a las islas si tuviera que volar hasta allá, solo entonces surgían mis interrogantes, y entonces comprendí porque esas preguntas no se las hacían las demás personas del pueblo, ¿Como se iban a preguntar si nadie tenia un hijo piloto? Él sabía algo por preguntar, mucho hasta ser reiterativo sin sentir vergüenza de ser metido; quería saber todo lo que hacia su hijo estando lejos, nunca había conocido algo del mundo de los aviones hasta que su hijo quiso ser piloto, y cuando volvía a casa le preguntaba cuantas veces volaba, a que hora, con quienes, como eran sus superiores, si tenía amigos, curioseaba mas de lo necesario, a ojos de su hijo, para él que estaba en rol de padre era lo justo, aunque a veces sentía escaso.

La última página del diario estaba reservada también al conflicto. Las noticias secundarias daban cuenta en su gran mayoría del deporte, de carreras de Turismo Carretera que se preparaba para correr en Olavaria, había muchos pilotos de la zona y hasta el premio que se entregara llevaría el nombre de “Malvinas Argentinas”, todos parecían estar sumidos en la vorágine nacional invocar el nombre de las islas, que patriotas se habían vueltos todos; también se leía de fútbol zonal y extrañamente notó ausencia de sección policial. Aquí nadie se había portado mal.

 El diario se volvió lo impostergable cada mañana, con el correr de las semanas tuvo la impresión que lo secundario se volvía primario para la mayoría de los argentinos, deseosos de privarse de las malas noticias. Que pocos países apoyaban nuestra causa… y la ONU que exigía el retiro de la Argentina de las Islas, y Estados Unidos que apoyaba a Inglaterra… y nada salía como nos habían dicho que seria. Para finales de abril la gente había vuelto a portarse mal en Argentina, y en la ultima pagina del diario se hablaba de variedad de cosas.

El primero de mayo el diario ponía en letras la sanción económica que Estados Unidos imponía a nuestro país, y José escuchaba en la calle de traición, pero a él no le importaba. Ese mismo día se entero por la radio que la fuerza que integraba su hijo tuvo su bautismo de fuego. Al día siguiente, el domingo, el titular en letra de molde que ocupaba un cuarto de la tapa daba cuenta de “Duro golpe al agresor”, y anticipaba lo que se leería dentro. José estuvo todo el día impaciente por recibir noticias de Martín, porque al parecer en el ataque argentino habían sido derribados cuatro aviones ingleses, y dos vecinos se acercaron hasta la casa para saber si su hijo había estado en la misión, si él sabía detalles, si él sabía cosas de la guerra. Él apenas sabía de su primogénito, y no estaban tan lejos, pero como explicarles que ellos con dolor aceptaban lo poco que su hijo les quería decir, temían estuviera muy agobiado como para tener que hablarles. Ya después de varias semanas los vecinos dejaron de ir, y la gente en el pueblo dejo de preguntar.

José tenía problemas para descansar, se acostaba pero quedaba en vela. Cierto que ya a las diez de la noche estaban en la cama, uno junto al otro, tapados con el silencio. En esos días apenas si se hablaban. Mabel cocinaba tan poco, y ni bien terminaba las tareas de la casa se escabullía al exterior, a recorrer el jardín y transplantar  plantines de una maceta a la otra, sumida en sus propios pensamientos, mirando de vez en cuando el cielo.

Eran como dos pobres diablos sin maldad olvidados, que salían lo justo y necesario para ir a visitar a la abuela Irma, llevar flores al cementerio, hacer unas pocas compras y de nuevo a casa, a refugiarnos en las paredes conocidas que habían visto crecer a quien temíamos perder.

Los diarios comenzaron a proliferar en noticias que para él no tenían mucho interés, era como encontrar cada día un libro que actualizaba diariamente sus hojas, él las trataba con cuidado, poniendo especial atención al trabajo de la fuerza aérea argentina, recortando las fotos de los aviones que habían empezado a engalanar algunas hojas, no muchas ni tampoco muy grandes.

Cada vez notaba mas el matrimonio que la sección deportes parecía tener mucho que contar.

Cuando Martín finalmente les contó que ya había volado, no supieron si alegrarse de enterarse después o enojarse por no haberlo sabido antes, pero ninguno se sintió con autoridad como para reprochárselo, eran tan escasas las comunicaciones, era tan precioso esos insuficientes segundos donde podían escucharle la voz, la voz familiar, querida, la voz mas hermosa del mundo para unos padres que nunca habían aspirado a mucho y sin embargo lo poco que habían conseguido los convertía ahora en unos temerosos de gran proporción. Era poco lo que tenían y por lo tanto debían cuidarlo. Seguían siendo egoístas, como cuando engendraron un hijo para no llegar solos a la vejez.

 Martín rara vez llamaba por teléfono, le escribían seguido pero solo recibían contestación muy de vez en cuando.

Mabel supo que en el diario ya no encontraría buenas noticias.

Lo que mas deseaba un padre era que su hijo lo viera de viejo, no para golpearlo con el patético ciclo donde se alternan la lastima y la impaciencia, sino para hacerle justicia a la ley que dice que los hijos deben enterrar a sus padres. Mabel solo quería que su hijo le bajara los parpados para cubrir las pupilas ya quietas, ojos de muerta. No consideraba que le legara a su hijo una tarea ingrata.

Se había decidido tan tarde a ser madre que temió durante muchos meses haber dejado pasar el tren de la maternidad. Para cuando finalmente quedo embarazada disfruto la panza mientras crecía y temió hasta que su hijo se desprendió de ella. Dieciocho años y lo perdieron, en una provincia lejana, a manos de militares que borrarían con ordenes los primorosos cuidados que ella le había dado a su único hijo. ¡Militares! Justo con los militares, se lamentaba Mabel. Siempre habían tenido miedo de los militares, Argentina parecía hacer reverencia ante ellos, y los Klin que solo querían pasar desapercibidos. Había sido por eso que no habían tenido grandes aspiraciones, convencidos mutuamente en las charlas dentro de la casa, que para no tener problemas debían ser trabajadores y silenciosos, después de todo se tenían entre ellos y tenían un hijo, una casa, un campo. ¿Qué más podían querer?

Tan simples habían sabido ser, para lo que les había servido. Ahora los temores eran enormes, porque justamente su hijo se había vuelto un militar, su hijo estaba en la guerra. Y podían perder todo. Todo en lo que se basaba la felicidad de la vejez que ya los estaba arañando.

Para finales de mayo Mabel no quería ver el diario encima de la mesa del comedor, que era donde lo dejaba José cada vez que entraba, antes de poner el agua para el mate y pasearse por la cocina. Una semana antes la fuerza aérea había comunicado las bajas de su personal justo al lado de una propaganda del gobierno que consistía en dos pulgares en alto y la inscripción: Argentinos a vencer!

Argentinos a vencer. Vaya paradoja. La nomina de muertos, amigos de sus hijos, al lado de una propaganda que en ella no inspiraba nada, y, como siempre en silencio, tampoco creía. Ella no leyó más, su marido sí. E insistía en hacerle recuento de noticias aunque ella siguiera caminando, aunque no dejara de pelar papas, aunque saliera cuando la llovizna arreciaba. José necesitaba descargarse, y ella lamento haber sido tan celosa en su juventud, y que a esta edad su marido no tuviera ningún amigo que le prestara la oreja. Y decía José que las propagandas seguían ¡victoria! ¡Coraje! ¡Ganemos la batalla en todos los frentes! Y no se dejaba nada librado al azar, se decía que se ganaría la guerra si no comprábamos mucho, no sea cosa de especular con la comida, si la maestra cuidaba de los chicos,  si todos poníamos de nuestra parte, eso incluido el carnicero, el chacarero, todos debíamos ayudar... Y las colectas seguían en la zona, se donaba dinero y joyas para el fondo de Malvinas, todos debíamos hacer un esfuerzo,  y la vida que seguía.  La vida para nosotros nos pasaba por el costado.

Mabel sabía que no iba a encontrar buenas noticias en los diarios, José al menos había querido seguir encontrando noticias, pero con el correr de junio se fueron haciendo escasas, y el mundial de España llamaba la atención, y la selección encendía corazones, y las discusiones en la calle se trasladaron a calurosas discusiones técnicas sobre titulares y suplentes, y posiciones de jugadores en la cancha, y los árbitros que no sabían nada, y si uno fuera técnico... La eliminación de argentina quebró el corazón de muchos, saco lagrimas de bronca a otros, y otros… otros pobres tipos seguían una guerra, por allá, en el sur, en las islas. Con hambre y frío, sin pelota.

Para cuando llego el final de la guerra ya nada se decía en los diarios de la guerra de Malvinas, la misma que le había robado a las portadas hasta la totalidad del protagonismo. El 12 de julio llego la rendición argentina, pero el 13, cuando José compro el diario no encontró noticia al respecto. No había titular que lo informara. Ya se daba por hecho ¿Cuándo lo habían anunciado? ¿Acaso un día no se había levantado? ¿Un día había olvidado comprar el diario?

Los periódicos habían servido para dar buenas noticias, exclamaciones que solo querían poner en alto la moral, mentiras que con letra grande querían ser verdad; a esta altura exageradas.  Pero no se utilizo los diarios para dar a conocer a la población de una guerra que terminaba en derrota. La derrota no se publico.

De un día para el otro se dio por sentado que habíamos perdido, y ahora se echaban culpas, y ahora se pensaba en la salida de los militares, en los partidos políticos, en la economía, el frío del invierno, el gas natural que no llegaría al pueblo, la vida sin guerra dejaba de pasarnos por el costado y ahora ellos recuperaban un hijo.

Un hijo de grandes aspiraciones, de gran valor ¿Cómo volvería?


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