jueves, 19 de mayo de 2011

En un minuto no se condensa la eternidad

Lo irremediable de la muerte. Lo indisoluble de la ausencia a la que solo queda acostumbrarse (no se puede remediar la ausencia del cuerpo por ausencia de vida).
Pensé en eso anoche, al recordar en la cama cierto articulo sobre lo que estaba haciendo R. Walsh en lo cotidiano, como plantar lechuga y cargar las armas.
Es que pasado un tiempo lo terrible también entra dentro de la rutina que se instala en los días.

En el primer instante en que uno sabe de una ausencia permanente, se llena de pensamientos, en un segundo trata de saber en que horas del día extrañara a la persona muerta. Tontera. Lo que uno quiere hacer es sufrir en un momento, de un solo tirón, soñar con que en los días sucesivos asimilara la falta, la internalizara, la aceptara y no tendra dolor, ni angustia ni llanto. Quimera. El duelo es tan largo, el olvido inexistente.
Pensé en Walsh.

Pensé en circulos de oro, y en piedritas nobles que nunca pierden el brillo. Pensé en los conceptos que jamás pude recuperar. Pensé en las letras que olvide.
Anoche pensé hasta que el sueño me vino a golpear los parpados, antes de bajarlos pensé en la Quilmes Bock, en el perfume con resabio a limón, en las miradas que quieren decir y se quedan en el intento.

La vida también se construye sobre ausencias.

martes, 17 de mayo de 2011

A veces


Al final no buscaba tanto, no pedía tanto. Sin pedirlo. Ahora recuerdo, ahora entiendo, ahora... pedía lo simple, tal vez lo imperecedero. Tal vez... entonces tal vez sí pedía mucho.
Quisiera creer en cosas que no son ciertas. Lo sé porque mi razón sabe. Saber. Siempre pienso que la ignorancia es un poco calmante, anestesia, despreocupa. Si no se sabe no se tiene la obligación de hacer. Y al mismo tiempo duele. Un calmante ambiguo.
A veces quisiera ser como ella, aquella de pelo corto y ondulado, de caderas anchas y escasez de altura. Ella, aquella, que en su cara la piel se pega a los huesos, en contraposición con lo que pasa centimetros mas abajo.
Otras tantas, veces, quisiera ser yo, aceptada por mi.
Hoy la plaza fue sepia, anoche también. El frío aún no es frío, es mas bien atisbo de otoño, lejania de verano, pero no invierno.
Indiferencia. Fortaleza y debilidad. Ambiguedad. La quiero, le temo.
Me temo, me detesto, me abrazo, reconforto, me alejo, lloro, duermo y me despierto, y a veces soy yo queriendo ser yo con una pizca de otra.
Me entiendo y no entiendo. Entonces algunos días me acuesto y bajo la persiana, y me pongo de lado para que las lagrimas no me mojen el pelo, para que caigan hacia la izquierda, al almohadón de jirafa.
Este año la espera se ha acortado en seis minutos, el reloj de la esquina de dulces fue arreglado.
No pedía tanto, hoy veo que no.
Anita anoche me dio ganas de mojito. Ellos hoy me dieron ganas de resaca. Hechar la culpa no esta bien. La ignorancia duele, pero a veces hace bien. Shh, no digas que leíste eso de mi.
Es Taran, mitad yo.
Yo.
Yo tipeo. La B del teclado ya ha dejado de funcionar como corresponde. La mente de a ratos deja de funcionar como corresponde. Hoy entre las 20 y las 22 me sentí que estaba donde debía estar. Pero esa joven... a la derecha, a una fila de mi, esa  joven de cabello rojo poseía algo...
Maldita b B se resiste a aparecer en la primera tipeada.
Tipeada, de tipa, de tipo, de hombre, individuo, sujeto... mucha filosofía...

Tal vez no sea la indicada.

sábado, 7 de mayo de 2011

Media docena de tonteras.

Casi siempre, siempre, me recorto contra la luz en redondeces, ajena a la moda de los muebles de líneas puras y simples. Alejándome del mueble soy más que un ente, soy una cosa con redondeces que contiene sangre levemente caliente.
Tontera.
Pero me recorto contra la luz, a veces para molestar, para importunar trayendo sombra a los que quieren la claridad de un sol pobre en calor, en un mayo que finalmente trajo el fresco a una ciudad donde le abunda el viento.
Dos tonteras.
A veces me escondo, ya no me recorto, salgo de noche cuando las lamparas naranjas de la calle no tienen fuerza para crear una sombra decente cuando... ¡adivinó! cuando quiero recortarme para importunar.
Tres tonteras.
Se acumulan. Las tonteras y los recortes, las redondeces se acumulan también, en los cabellos con rulos, en las caderas, en los muslos, en las mejillas, en los hombros, en la espalda, en el vientre; llega la redondez a la madurez... Se acumula también el tiempo, por eso nos vamos haciendo más diminutos con los años, tal vez, tal vez tal vez (leyó bien) los años que pasan van poniendo capas de gravedad encima, por eso todo se cae, hasta la autoestima.
Cuatro tonteras.
Y no dan premios por ella.
Cinco tonteras en un sabado que aún no me dijo de qué color quería que lo viera.
Un día de esta semana, no sé cual, pensé en lo que sentía antes: que el domingo era el cadaver de la semana. Y tenía color negro. No tenía olor, ni siquiera a muerto. Ese día, que no recuerdo cual fue pero si que era de esta semana, entendí que el domingo había resucitado. Y entonces pensé, de nuevo aunque en distinto día pero de la misma semana, que nunca me plantee si creo o no en la resurrección.
Seis tonteras.
Pero el domingo, ciertamente, ya no negro, ya no cadaver, ya no muerto, resucitó.