lunes, 26 de diciembre de 2011

Isabel no sabe que hace en París. El cielo amarillo no es tan frecuente como para haber cambiado de aires, para haber dejado Villa Urquiza y la vereda amarilla, esa que Rafael le busco para la primera caminata.
Rafael es distinto Rafael, respira distinto. No puede besarlo, aún no se enamoro de éste que pisa adoquines como si fueran charcos esperando que se unifiquen y sean un río. Río había en Buenos Aires, insiste Isabel, río con barcos de ruedas que amagaban pisar cardumenes distraidos que dejaban la seguridad de la acera.
Isabel insiste en comprar un diario que no lee para crear una rutina que le permita ser dueña de un hábito. París no la quiere, ni de dueña ni de foranea. Isabel no hace esfuerzo por hacerse querer, solo quiere ver algun amarillo y un Rafael en un gris que se asemeje al que era antes de caer en la cama de Graciela.

Porque los hombres caen y se levantan. Y esperan que la mujer no los vea tropezar.
Y algunos dicen que lo peor es que los dejen de amar.
Y algunas, como semaforos intermitentes, quieren amar de por vida sin que se les vaya cayendo el hombre, en algunos colchones, donde no se lastiman pero dejan chichones en cabezas de mujeres que son nuevos rotulos, que son nuevas en comparación con viejas, viejas esposas, viejas amantes.
Nuevas.
Isabel quiere ver amarillo, porque de tan deslucida se siente color crema. Y el ocre entre rojo y verde no significa intermitencia. Es nueva, distinta, rara. No ella.
Ella viste de rojo, tiene las venas verdes, el aura amarilla.
Rafael es gris, intermedio.

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