domingo, 4 de diciembre de 2011

Amorios


Sebastián la quiere para sí con un egoísmo que no quiere (porque en realidad no puede) disimular, y piensa que su frontalidad es un punto a favor entre tanta banalidad.

Para él, ella es linda, pero de una forma distinta. Linda rara, una belleza que hay que buscar por separado y luego armarla en un total que no a todos puede gustar.
Es mucho, mucho contrate de rojo y blanco, de gris y negro, de menudencia y voluptuosidad.


Helena no se mira la vida cuando se mira en el espejo, ni se mira los pies cuando se calza; ella vive recortando la realidad, para vivir solo la mejor parte, obviando cual chiquilla, las menudencias inmundas de la vida real. Porque para ella, Helena, las cosas importantes deben tocar el cuerpo para poder entrar al alma.

Para él, él con nombre de Sebastián, los días a futuro se le figuran como un rejunte de incertidumbres contra las cuales piensa dar pelea aunque ya haya mandado a pintar el cartel de perdedor, pero es que la vida se le presentaba veloz y vertiginosa y se desorienta (desubica y pierde) entre la pasividad de una irrisoria ciudad (no populosa).

-vos sabes que yo conozco a un Miguel?- preguntó aunque más bien era una sentencia, como cuando sentenciaba que el bollo no se iba a leudar porque le había faltado el último golpe de gracia.
-¿vos sabes que yo conozco una pelirroja de piel blanca?- replicó él, con una pregunta, como siempre decia que no había que hacer.
-conoces muchas- corrigió- pero yo soy la primera por la que quitas el pie del acelerador.

Entonces Helena se sentaba, apoyaba el mentón en la palma de la mano, miraba hacia una pared esperando algo material que nunca ocurria. Entonces Sebastián se acercaba por atrás y la alejaba de la vista, se acercaba para sonreirle, para contagiarle ese estirar de labios, para que le quisiera convidar del aliento, para que le dijera algo.

Porque Helena le vivia diciendo cosas cuando no le decia absolutamente nada.

No hay comentarios:

Publicar un comentario