sábado, 7 de mayo de 2011

Media docena de tonteras.

Casi siempre, siempre, me recorto contra la luz en redondeces, ajena a la moda de los muebles de líneas puras y simples. Alejándome del mueble soy más que un ente, soy una cosa con redondeces que contiene sangre levemente caliente.
Tontera.
Pero me recorto contra la luz, a veces para molestar, para importunar trayendo sombra a los que quieren la claridad de un sol pobre en calor, en un mayo que finalmente trajo el fresco a una ciudad donde le abunda el viento.
Dos tonteras.
A veces me escondo, ya no me recorto, salgo de noche cuando las lamparas naranjas de la calle no tienen fuerza para crear una sombra decente cuando... ¡adivinó! cuando quiero recortarme para importunar.
Tres tonteras.
Se acumulan. Las tonteras y los recortes, las redondeces se acumulan también, en los cabellos con rulos, en las caderas, en los muslos, en las mejillas, en los hombros, en la espalda, en el vientre; llega la redondez a la madurez... Se acumula también el tiempo, por eso nos vamos haciendo más diminutos con los años, tal vez, tal vez tal vez (leyó bien) los años que pasan van poniendo capas de gravedad encima, por eso todo se cae, hasta la autoestima.
Cuatro tonteras.
Y no dan premios por ella.
Cinco tonteras en un sabado que aún no me dijo de qué color quería que lo viera.
Un día de esta semana, no sé cual, pensé en lo que sentía antes: que el domingo era el cadaver de la semana. Y tenía color negro. No tenía olor, ni siquiera a muerto. Ese día, que no recuerdo cual fue pero si que era de esta semana, entendí que el domingo había resucitado. Y entonces pensé, de nuevo aunque en distinto día pero de la misma semana, que nunca me plantee si creo o no en la resurrección.
Seis tonteras.
Pero el domingo, ciertamente, ya no negro, ya no cadaver, ya no muerto, resucitó.

1 comentario: