martes, 4 de enero de 2011

Repugnada de degustarse agridulce

Taran Constante es levemente mala, levemente ausente. Antisocial selectiva, olvidadiza a conveniencia. Escribe para masajear las yemas de los dedos (o tal vez para escupir lo que piensa), piensa porque le roba tiempo al tiempo (o tal vez porque descree de todo, con todo se complica, a todo le busca otra vuelta aunque observe una línea recta e infinita), fotografía porque quiere (o tal vez porque busca los detalles de un total), ama mucho (sin horario fijo), descree de la felicidad constante, lee menos que antes, escucha para saber, ve para observar, quiere reconocer las diferencias para conocerse… una vez intento pintar, también otra vez y otra vez mas. De tres intentos un solo cuadro le gusto, pero junta polvo y nunca lo mostró.
Taran no sabe porque esta acá, nunca responde bien a la primera oportunidad. Las verdades le llegan en oleadas lentas y espaciadas, demora en saber explicar, y explica mal (eso también lo hace con el pensar).
En realidad, a pesar de no ocultar su cobardía, siempre pensó que podía más, que se guardaba un resto, pero que si se lo proponía, podía ser más. Hoy se levantó agridulce, después de anidar una hora en la cama, con los parpados en alto sin poder bajarlos, se asustó pensando que era esto (solo esto), y no más. Que los detalles que no muestra quedaran ocultos de por vida, y esto es lo que hay.
Es que anoche le volvió la tristeza, y la intranquilidad mental. Esa que había perdido cuando lo encontró, anoche la volvió a encontrar sin perderlo a él.
Ella desorientada. Agridulce. Desilusionada. Con ganas de gotear sal. Con ganas de verlo para echar su propia intranquilidad. Nuevamente agridulce. Temerosa. Insaciable de felicidad aunque no crea en la felicidad constante.  Más agridulce.  Matizada en colores oscuros. Ralentizado el cuerpo. Inquieta la mente. Dolida el alma. Insoportable consigo misma. Agridulce.
Hoy a la mañana no pudo ser la misma con él. Como si algo se hubiera roto, como si una pieza se le hubiera perdido. La fe.
A veces, mañanas o noches, le agarran impulsos que siempre ahoga con racionalidad implacable. Hoy se quedo sin razones.
El impulso de hoy fue escribir sobre nada, entonces recuerda la serie Seinfeld…
Ella quería que no le conociera la tristeza, pensó que podría ser siempre la que encontró en el banco amarillo de la plaza, frente a la iglesia, una tarde de otoño donde el sol inclinado seguía cayendo despreocupado.
Ella hoy quiere verlo solo para que la bese, quiere hoy que tenga brazos mas grandes para abrazarla mas fuerte, mas paciencia para que la retenga por mayor tiempo, mayores certezas para que la convenza…
La perdida de fe viene a caer en sus temores como una piedra en el final de la escollera (ya sabes el ruido que hace al caer, como si nunca terminara de caer… tan profundo el mar, tan grandes los temores). No es falta de fe en él. Es en ella. Ella que teme nunca ser feliz, nunca estar contenta. Alguien le dijo que todos sufrían de una eterna insatisfacción que en algunos se mitigaba ignorándola, otros tapándola con aglomeración de gente, otros con bienes materiales, otros con amargura, otros con eterna tristeza, otros con letras… no le gusta la palabra insatisfacción, prefiere ambigüedad. Siempre se sintió ambigua, queriendo dos cosas al mismo tiempo, sin poder ser feliz solo con una. Temía. Temía que no le alcanzara. Temía no ser buena para él. Complicarlo tanto. Mal. Cansarlo. Agobiarlo con su pensar. Espantarlo con sus ojos a medio camino: de tristeza o felicidad, de risa o llanto, de subida o bajada… parpados, ambiguos, siempre a la mitad.

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