martes, 25 de enero de 2011

Arrastrando asco

De niña supe tener mañanas asqueadas. Mañanas en las que no quería nada, y me probaba a mi misma pensando en galletitas Oblea, y no me apetecían, entonces sabía que no tendría antojo de nada, que no comería nada, que no buscaría nada. Todo me daría lo mismo.
Hoy día, ya no niña, suelo tener mañanas asqueadas, donde no quiero nada. Todo me da lo mismo.
Las mañanas sin hambre no tienen sabor, tienen olor a tristeza, color de desgana, y si pudiera degustarlas (pero no tienen sabor) se me hacen que deben ser amargas. No quiero a nadie, no aguanto a nadie, no quiero palabras (ni escucharlas ni decirlas). No quiero abrazos porque se me daría por llorar (un poco más), no quiero besos porque no puedo olvidar que no quiero (nada). Camino por la calle y no llevo sonrisas encima, llevo los parpados a mitad de camino, me pierdo así de mirar el cielo, y veo sin ver cuadrados acanalados que jamas seran mios.
De niña mis mañanas asqueadas se pasaban sin que me diera cuenta, y por la noche ya no recordaba la inapetencia matutina. Ahora el asco me dura hasta la noche, y no puedo olvidar que lo tengo encima. Me escabullo de todos, escapo de los recientos concurridos (un poco mas), las habitaciones hogareñas donde proliferen familiares, las preguntas repetidas a diario mas por compromiso que por interes; me escapo del día al cual me presente a la mañana, me pongo a esperar pacientemente (con impaciencia) a que llegue la noche, para cerrar los ojos sin culpa, a esperar que me venga el hambre al día siguiente.

Había razón, la luna naranja de anoche no podía presagiar nada bueno (aunque tampoco nada nuevo).

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